Es evidente cómo el gobierno despliega grandes esfuerzos para impulsar el agro exportador, promoviendo legislación orientada a su competitividad, sostenibilidad y crecimiento. Se celebran avances en emblemáticos proyectos de irrigación como Chavimochic III, Chinecas, Iruro, Majes Siguas y Alto Piura, que ampliarán en más de 250,000 hectáreas la frontera agrícola nacional y consolidarán al Perú como potencia mundial en la exportación de arándanos, paltas y uvas. Año tras año, las cifras del agroexportador siguen en ascenso sostenido.
Este progreso, sin duda valioso, no puede opacar una realidad alarmante: la agricultura familiar, que representa el 97% de las unidades agropecuarias del país, continúa relegada al olvido. Ni su enorme peso en el tejido rural ni su rol clave en la seguridad alimentaria bastan para que el gobierno le preste la atención que merece.
El Plan Nacional de Agricultura Familiar sigue varado en la etapa de “implementación”, sumido en actividades piloto, talleres de diagnóstico y discursos inconclusos. El Ministerio de Agricultura y Riego parece más interesado en administrar promesas que en transformar realidades, postergando el desarrollo de este sector esencial.
Desde 2020, los agricultores familiares han enfrentado crisis sucesivas que han disparado su pobreza: el 41% de los hogares agrarios vive en situación de pobreza, casi el doble que los hogares no agrarios, según cifras del INEI. Esta situación ha profundizado históricas brechas de desigualdad, sobre todo en regiones con alta actividad agrícola.
La investigación “Agricultura familiar en tiempos de crisis en Perú”, de Oxfam, lo deja claro: este sector ha sido sistemáticamente ignorado por la política pública durante tres décadas. “Si continúa el abandono, la agricultura familiar —donde vive 1 de cada 5 peruanos— se empobrecerá aún más y perderá capacidad de producir alimentos clave como tubérculos, hortalizas, frutas y leche”, alerta el economista Eduardo Zegarra.
Hoy, solo el 3.5% del presupuesto público nacional se destina al sector agrario, y gran parte de ese porcentaje favorece a la agricultura empresarial. A la agricultura familiar le queda apenas una fracción mínima, ineficaz para enfrentar los efectos de las crisis que la azotan.
Por ello, mientras celebramos el éxito del agroexportador, no podemos ignorar el contraste doloroso: vemos florecer al hermano mayor, mientras la mesa familiar sigue vacía. ¡Basta de indiferencia! La agricultura familiar debe dejar de ser invisible. Es hora de convertirla en una prioridad nacional y en una política de Estado real y transformadora.
¡Manos a la obra! ¡El tiempo se agota!



