Por: Luis A. Pardo Altamirano
A fin de cuentas, el fútbol es un deporte, y como tal es justo y necesario destacarlo cuando afloran esos buenos exponentes que son como perlas educativas, formativas, trascendentales. Más aún, en un contexto tan venido a menos como el peruano.
Más allá de sus importantes goles en este Alianza Lima que deslumbra por varios factores, el tema Barcos es digno de resaltar. De tal manera que, ojalá todas las entidades públicas lo expongan como un gran valor que dirigiéndose a las nuevas generaciones destaque toda esa escala de valores morales hoy ausentes en nuestra sociedad.
Nadie como él quien ha puesto en práctica la empatía y el desprendimiento (regaló un dpto. a su empleada), la gentileza de ir y devolver una billetera a su dueño; de mostrarse correcto, sencillo y humilde fuera del campo.
Es un 'pirata' bueno que aplicó la solidaridad con su equipo al suplir en el arco a su compañero expulsado, apelando incluso al buen humor ('voló' ante un disparo sin peligro) cuando el partido se tornaba una hoguera.
Mención especial para ese valor que expone a estas alturas de su vida y que es ejemplo vivo de aliento a tantos jóvenes hoy sin oportunidades: la perseverancia.
Evidenciándose así, que existen flores de loto en esta especie de estanque que es nuestra sociedad, donde no todo es malo pues existen esos anónimos sociales que es imprescindible proyectar (como esa promoción de padres de familia del colegio San Agustín: Centenario F. C. quienes ha cumplido 30 años fomentando la integración familiar, amistad, educación y deporte).
Eso y más es Hernán Barcos, la figura extrema del campeón del Clausura del torneo nacional quien se ganó un monumento, una tribuna con su nombre, un contrato que lo vincule al AL para que siembre en los potrillos.
Un señor futbolista que ha calado en nuestros corazones por esa diferencia que enaltece a su club, por ese plus que hoy distingue al tradicional equipo de La Victoria.
Y eso que soy de la U.



