Columnista: Pablo Antonio Iglesias Palza

Amor y paz. Salud y trabajo. Son los clásicos deseos que los cristianos (y no cristianos) nos trasladamos en esta época de navidad. De su ocurrencia deriva la posibilidad de una mejor convivencia y de tener un mundo mejor. La navidad llegó con su potente mensaje, el mismo que a pesar de la cultura del consumo en que vivimos, está allí como una oportunidad para que nos cuestionemos algunas cosas, abramos los ojos en otras, y para que actuemos en pos de la utopía de una sociedad más justa en la que nos respetemos como seres humanos. Pilares básicos para ello son la familia, el respeto por la libertad de crear, de establecer relaciones económicas, así como ser concientes de que somos tan sujetos de derecho como lo es nuestro prójimo.

En estas fechas, constituye una costumbre dar regalos. Así que me he permitido ensayar en la posibilidad de entregarle tres regalos a nuestro presidente. No son oro, incienso y mirra, pero vaya que los necesita.

En primer lugar, el respeto, que debería sentir por él mismo, todos los peruanos y en sentido lato por la humanidad, que haría que se instruya en lo que no domina, deje de hacer demagogia y populismo, dando mensajes carentes de sentido o contenido. Que comunique a los peruanos sus reales motivaciones, el por qué de sus decisiones; que podamos saber lo que hace, busca o en todo caso que nos diga concretamente y sin ocultar lo que quiere. Que no nos mienta.

En segundo lugar, le regalaría dignidad, para reconocer cuáles son sus limitaciones, para corregir el camino a partir que se dio cuenta porque se instruyó o empezó a instruirse, respecto de determinadas ideas o creencias que tenía y pueden estar equivocadas. Dignidad para tomar decisiones como como no nombrar o cambiar un ministro o funcionario abiertamente inidóneo para el cargo; o para darse cuenta que no da la talla para el cargo y dar un paso al costado.

Finalmente le regalaría decencia. De esa manera no podría continuar su vida como si no hubiera pasado nada, dado que sentiría un mínimo de remordimiento por: mentirle sin miramientos a los peruanos, por no aclarar sus reuniones clandestinas con contratistas por obras millonarias, por celebrar cumpleaños o irse a fiestas patronales mientras se las prohíbe a los demás peruanos o estos lloran sus muertos o su miseria, por no respetar la memoria de la nación ni las vidas sacrificadas de nuestro héroes anónimos convocando y avalando a terroristas, filoterroristas y radicales, por empobrecer y degradar al pueblo con sus declaraciones y las de miembros de su gabinete, por aumentar la inseguridad, impulsar y acrecentar la sensación de que el Perú es hoy tierra de nadie, donde campea más que nunca la informalidad y el lumpen, por obstruir la acción de la justicia u ocultar pruebas sabiendo que ello es un delito, entre otras perlas. Le serviría para ser hidalgo y reconocer que sus errores, tanto los intencionales como los que no, dañan al país. De esa manera al menos pediría disculpas y corregiría el rumbo. Decencia de reconocer que como primer mandatario personifica a la nación y que la degradación que viene haciendo del cargo, constituye un pésimo ejemplo para los peruanos de a pie. El presidente de la república es más que un referente en la vida de los peruanos. Debe ser un ejemplo, una señal en el camino de lo que todo peruano quisiera ser o emular. Estoy seguro que él en su interna debe haberse preguntado si lo es. Y si la respuesta es negativa, que sin duda lo es, pues debería tener la decencia de dar un paso al costado. El Perú está y debe estar antes que cualquier interés personal o de grupo.

Respeto, dignidad y decencia. Si Pedro Castillo los tuviera, al menos en pequeñas dosis, otra sería nuestra perspectiva como país. Si hubiéramos estado en julio y no en diciembre, le hubiera agregado la sabiduría que le permita tomar las mejores decisiones de gobierno en pos del bienestar de los peruanos. En estos casi cinco meses, la pequeña esperanza que albergaba al igual que millones de compatriotas (debo reconocer que en mi caso, casi nula), de que Pedro Castillo rompiera los pronósticos de la mayoría (o al menos de la mitad) e iniciara un gobierno al menos esperanzador con un rumbo definido, liderazgo y decisiones coherentes en favor de los peruanos, se ha desvanecido por completo. Por ello, como lo he manifestado en varias oportunidades, considero que este gobierno no da para más y que el primer mandatario debe dar un paso al costado. Siendo ello así, no necesitaría de la sabiduría más que para tomar la decisión de dejar el cargo. Sería un favor que la mayoría de peruanos hoy, le agradeceríamos.

Finalmente, junto a manifestar mis deseos de amor, paz, salud y trabajo para todos los peruanos, quisiera pedirle a nuestro Supremo Creador para que nos ilumine el camino que nos permita salir de las crisis política, social y económica acrecentadas por este régimen. Para que nos permita hallar y tomar la decisión en democracia y con valentía, que necesitamos para enderezar el rumbo, respetando la vida, la libertad, la diversidad y la igualdad de oportunidades entre peruanos. 


Scroll to Top