Columnista: Kent Wilander Oré de la Cruz

La vida es una agonía constante. Una invitación a justificar absurdamente las acciones y pensamientos que día a día nos arrebata la existencia.  La vida es una caída, una derrota anticipada por la invisible sombra que nos describe desde el espejo en un laberinto interminable, inextricable, imperecedero, sicalíptico, lleno de sombras y mentiras borgeanas: una ilusión menoscabada al mismo estilo de los poetas del Dolce Stil Novo  o de aquellos poetas lakeananos románticos y esquizofrénicos. Jorge Manrique pensaba que la vida es la misma condena prevenida al nacer, aquella amenaza heracliteana donde todo es efímero y deleznable, maleable y enfermo. Lo advirtieron también los poetas del medioevo y los clérigos escribanos, quienes en sus sillas mal clavadas y esmirriadas, mirando desde lejos por una  ventana de luz pálida, representaban el mundo lleno de configuraciones abstractas, bíblicas y apocalípticas, con tinta azul o roja, para demostrar que la existencia solo tenía un destino: la muerte. La bella dama infernal y obscura de la que todas las culturas antiguas comentan y dibujan, mas ninguna conoció en su enigma, y solo pudieron admirarla en el conjuro del sacerdote, el hechicero, el rapsoda y el chamán. La muerte es bella, afirmará Gustavo Adolfo Bécquer, en sus  relatos legendarios de cornisas, cántaros, músicos y princesas. Significativa y estéticamente, la muerte es soberana, lírica, admirable, en los versos de Baudelaire. Tal vez, solo tal vez, ante ella se postraron las mejores rimas consonantes y asonantes de los franceses Verlaine y Rimbaud, allá cuando el fracaso de la ciencia y la técnica bajaban los brazos para confesar que, como los griegos dramaturgos Sófocles y Esquilo, el infierno era el único refugio para el hombre y sus anhelos. Tanta miseria corrió por el río, tanta repugnancia reborboteó por intermedio de la palabra escrita para lamentar una verdad inexpugnable: no se puede vencer a la muerte. No hay conocimiento alquímico ni matemático capaz de hacerle frente. Cien años de soledad es la condena admitida como único boleto de garantía. Tampoco se puede entablar la paz con ella, porque al mínimo descuido, hace su epifanía y  levanta las alas de gárgola y cosecha impunemente lo mejor de los frutos humanos. El sincero y notable Pablo Neruda, poeta chileno, logró por momentos conjurarla, apresarla, al mismo modo que Dante Alighieri o el mismísimo Vicente Alexandre, para dejarla luego andar y sufrir de su ternura en un aliento cálido de enfermedad y tristeza, dolor y arrepentimiento. Algunos afirman que el vate latino Catulo murió de amor, como el poeta Mariano Melgar, quien con sus yaravíes cantaba al son del tambor de guerra por una batalla misérrima llamada Independencia. Con ninguno sonriente mortal prevaricador de la escritura fue clemente, sino magnánima y plenipotenciaria, arrebatándole la ternura y sembrando el su ser el sombrío germen de la malevolencia.

En la actualidad, el mundo recorre como un espectro por los senderos de la realidad. Los maestros se marcharon, y no existe el mentor que años atrás aconsejaba con sabias palabras las decisiones que debíamos creer y poner por hecho, ipso facto. Estamos como huérfanos heridos donde la ley de la incertidumbre de modo libertino acapara todas las plataformas mundanas de lo cognoscible donde un mismísimo Immanuel Kant hubiera sentido horror, vértigo necrofílico y deletéreo lovecraftiano. Se ven a falsos profetas que escépticos marchan a la vanguardia de una fe que ellos mismos no reconocen, y se convierten en bufones de la aldea comunitaria llena de ignorantes y estúpidos analfabetos que se creen dueños de una cínica democracia mientras los vomita en rítmicas arcadas al compás de la melodía y ritmo de El lago de los cisnes. No es del todo cierto que alguna vez el melodramático Gustav Mahler lloró ante el río que le recordaba a su amada, pero sí es indiscutible que el compositor Frédéric Chopin lamentó que el hombre fuera lo que la evidencia empírica demostraba y la poesía no podía negar: una especie corrupta y deforme, maldiciente y cobarde. Se vive fragmentado en lo indisoluble del pecado y lo incorrecto política y moralmente, vendado los ojos de la conciencia.  

Hoy ya no podemos sentarnos a escuchar al italiano Umberto Eco, ni al peruano Mario Vargas Llosa. Ellos partieron para ir a morar nuevos escenarios. No sabemos con exactitud. Algunos piensan como San Agustín y Santo Tomás que sus almas reinan en el albo cielo albo, donde la aurora no perece, ni el sol épico no merma jamás. Otros, como Platón y Pascal, que sus espíritus yacen en el más silencioso terreno de lo inefable, ese mundo compungido de seres liberados e inanimados en espera de volver una vez más a este hemisferio y completar la misión aún no concluida y para la cual fueron creados o nacieron. Se puede soñar con volverlos a ver una vez más, pero esa esperanza solo rebaza y encuentra sentido en la esencia de la ficción, en la capacidad imaginativa de los hombres, individuos solitarios que sufren la amenaza constante de ser los siguientes, las próximas víctimas. El escritor peruano Gustavo Faverón lo ha conseguido, intermitentemente: gustosa alegría. El italiano Francesco Petrarca exaltó a la moribunda Laura. El romano Virgilio recuperó para la eternidad a toda una cultura en la personalidad de Augusto. Entonces, la literatura no es gratuita y somnolienta, y puede agonizar y  padecer su muerte con hidalga dignidad. ¿No fue acaso Cervantes el que más luchó literariamente contra la misérrima opacidad del vivir? Lo hizo sin remilgos, aunque su actuar solo fuera el testimonio de una persona cansada de ver el amanecer de una España flagelada y traicionada: solo persistió existiendo en la ficción ya que estaba harto, como Lázaro de Tormes, de sufrir vana y constantemente. Creemos que amó la ficción, pero solo fue su última letanía de martirios indolentes para justificarse y encontrar a la justificación. El sueño de la ficción siempre, como creyó el pintor decadentista Francisco de Goya, solo produce monstruos, especies sublimes y esotéricas que anidan la habitación de la felonía y la maldad. El hombre está sentenciado a vivir esta existencia e impedirla, pero su condena es inapelable: debe padecer en todos los sentidos como Prometeo, encadenado y miserable.

En el Perú, país de todas las sangres, nación de los descreídos y Estado de los egoístas como el Inca Garcilaso de la Vega, lamenta más que nunca la ausencia de los mandarines, líderes románticos como Víctor Raúl Haya de la Torre, José Carlos Mariátegui, Gonzales Prada, Luis Bedoya Reyes y Alan García. Sufre la brutalidad del presente que brinca como bestia salvaje los linderos de la soporífera mediocridad y el mal gusto, mientras consume barbarismo y se refocila en las aguas de la demagogia. El horizonte es cruel y mendaz en todas las dimensiones. Y lo peor es que en toda Latinoamérica no se observa cosa distinta, a pesar de los denodados esfuerzos congruentes de paladines liberales argentinos, chilenos, ecuatorianos y bolivianos. ¿En qué momento se habrá jodido de verdad el Perú? El país estaba podrido desde sus orígenes y se sembró en medio de una tierra nefasta que siempre ocultó su enfermedad, temerosa por la audiencia y la crítica de la Historia (los académicos indigenistas y regionalistas de todo el continente tendrán que rendir muchas cuentas ante juicio histórico de las naciones). Por lo tanto, no era difícil adivinar su destino futuro (el presente siglo XXI) lleno de mutilados mentales y facinerosos luchadores sociales, ebrios por la opulencia ajena (Nietzsche escribió que esta era la verdadera génesis de toda rebelión humana), convertidos en deplorables caricaturas de la banalidad. Ni José María Arguedas ni César Vallejo se arrepentirían de estar en mundos lejanos que le impiden, feliz y  misericordemente, volver a esta existencia tan folklórica y tribal. “La vida es una ilusión”, enarboló y cantó hace cinco siglos Pedro Calderón de la Barca en pleno Siglo de Oro, y en pleno año de un nuevo reordenamiento político mundial, nada es verdad y todo es relativo desde las ciencias puras hasta las ciencias sociales. Concomitantemente, el hombre contemporáneo debe erguirse impertérrito, como D.H. Lawrence, y resignarse a la vida y a la realidad que le corresponde.  


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