Columnista: Kent Wilander Oré de la Cruz

Entre enemigos y la tribu: socialistas y liberales

Entre enemigos y la tribu: socialistas y liberales

KENT WILANDER ORÉ DE LA CRUZ

Magíster en Literatura Latinoamericana y Peruana (UNMSM)

kent.ore@unmsm.edu.pe

kentyo_5@hotmail.com

“Un nombre nunca es un significante como los otros".

JACQUES LACAN, Seminario 5. Las formaciones del inconsciente.

Quién pensaría que, en pleno siglo de las revoluciones científicas, el progreso tecnológico de la inteligencia artificial y el desarrollo y ampliación globalizada de todos los mercados habidos y por haber del globo terráqueo, todavía se empiecen a desempolvar y se quiera venir a recitar, como lo hacían los nobles aristócratas del mundo antiguo, los mejores ensueños de un tirano de la escritura y la tacañería económica. Sí, es él, otra vez, el mismísimo autor de El capital (1867), que viene a hacer su epifanía desde el rincón más atrabiliario del planeta, Latinoamérica, donde la escasez sobreabunda y la corrupción hace sus mejores importaciones desde los palaciegos puertos metalúrgicos y la putrefacta falsa decencia del proteccionismo. Lo extraño surge cuando se encuentra entre sus orquestantes a miembros de la academia, como es el caso del filósofo y teórico Žižek, quien ha demostrado desde su enervadas conferencias y escritos que un adlátere muy destacable, dinámico e idealista, porque construye muchas de sus críticas de la sociedad global utilizando categorías de lo subalterno y la huella moderna de clase y subclase para decirnos que Marx y sus pesadillas eran la profecía más acertada dentro del concepto universal de la Historia. Pero dentro de estas disquisiciones, cuánto hay de cierto, cuánto hay de verdad, o, mejor dicho, cuánto hay de realidad y no efervescencia de la imaginación. Aquí cabe hacer una reflexión y anotar en qué medida estos planteamientos de las ideas revolucionarias continúan en vigencia y cuáles son las ideas que las contraponen y le hacen frente.

El marxismo nace con El Manifiesto Comunista (1848) escrito por Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895) allá por el siglo XIX; este documento tenía como base la reformulación de los principios humanos en función del trabajo y la sociedad. Era una verdadera crítica del pensamiento sobre las condiciones nuevas y crueles a las que había conducido la Revolución Industrial (siglo XVIII) y los modos de producción, pero también era un manifiesto abierto en contra de la moral y una visión ética de la vida, por cuanto cuestiona el estilo y la forma en que se conducen los comportamientos humanos. Este texto reúne dentro de sí toda una mirada abierta al contexto y coyuntura social en el cual se vivía y padecía, y no es una celebración poética de la celebración. Años después y con la dedicación necesaria, aparecerá la obra titulada El Capital (1867), discurso textual que caracteriza, estructura, analiza e interpreta de manera distendida el sistema capitalista y sus fenómenos. La obra cobró mucho revuelo y desde entonces adoptó a sus más fieles estudiosos y defensores de toda una teoría que critica las injusticias del sistema que ha venido a gobernar todas las esferas de la economía mundial. El estilo de la escritura es persuasivo en Marx, sus ejemplos son contundentes y el mensaje radica allí donde la definición y la casuística aflora con más brillo y elegancia. Nada queda fuera y todo tiene un principio que las guía. Marx supo tomar de otras fuentes para la elucubración de su discurso triunfal, nombres como los de Hegel (1770-1831), Adam Smith (1723-1790) y Saint-Simon (1760-1825) serán claves para entender la dialéctica, la producción de la riqueza y la sociología del comportamiento humano. Los cambios son reales, es todo un movimiento dinámico, pero que no sucede solo en la mente y desde el espíritu como afirmaba Hegel, sino que hacía su manifiesto en el espacio real de la existencia y con afectación directa en el individuo y su condición, la cual imperativamente se transformará en un espejo inconsciente de su propia perspectiva (el escritor francés, Balzac, escribió todo un tratado humanístico novelesco que imaginaba el ejercicio de la narrativa literaria como el espejo de la realidad circundante del sujeto social del siglo XIX). Asimismo, Marx entendió que las riquezas de las naciones tenían un punto de partida generoso, pero causal. No era tanto el fruto del egoísmo frío de las personas, sino el ejercicio común de ellos y su puesta en escena dentro del conjunto de modalidades y funciones de cada comunidad: no existe de pura casualidad la entrega de una ganancia por simple operatividad de variables. El trabajo encapsula otras categorías, como era el valor más allá de la pura instrumentalización. En otro momento, el filósofo y cientificista social creerá que se puede progresar en el sendero de la Historia, que esta no necesariamente puede ejercitarse desde la visión paradisiaca del mundo, ideal e imaginativa, sino que es posible encontrar su desarrollo y alcanzar la justicia desde el plano material de la existencia, criticando conscientemente y construyendo una sociedad más equitativa y racional: porque las leyes de la Historia no se equivocan, pensaría Marx, desde el materialismo histórico y dialéctico.

La sociedad europea en aquellos años experimentaba arremetidas violentas desde el plano político, social y cultural, donde las condiciones humanas eran cambiantes y desalentadoras; había guerra y hambre, abandono y miseria, perversión y mucha injusticia. En ese marco de susceptibilidad aparece Marx y sus explicaciones sobre el mundo, y cómo este puede ser modificado si se era consciente de su naturaleza, y el compromiso que conlleva la voluntad de asociarse y emprender la lucha social por la justicia de los hombres. Muchos países se sumaron a la ola de manifestaciones e insurgencias por encontrar ese añorado cambio y final a tantos oprobios, hubo bajas y crueles incendios capitales humanos, pero jamás se pudo encontrar ese impoluto hemisferio del bien y la convivencia natural de la igualdad. No, y el siglo XX sería testigo de su más cruda verdad y evidencia tangible: el paraíso en la tierra no existe. Se puede sí luchar y protestar porque en Democracia se halle el respeto necesario y el equilibrio social de las voluntades y deseos, pero no se puede imponer mediante la dictadura que todo sea equitativo desde la propia escasez; es decir, que la vida del hombre sea una variable más dentro de la dialéctica hegeliana de la desaparición y el aniquilamiento, porque no fue eso acaso lo que resumió todas las manifestaciones libertarias con Marx a la vanguardia teórica. La Revolución bolchevique de 1917 con Lenin (1870-1924) a la cabeza no trajo consigo esa paz tan imaginada, lo que originó fue la barbarie, el genocidio y la venganza en sus más bajas pasiones. La Revolución de Mao Zedong (1893-1973) repitió en China la misma receta, el odio contra todo aquello que representaba el anterior régimen de la tiranía, no viendo que sus propias acciones conducían a convertirse en un tirano por antonomasia con aquellas purgas y reacomodos políticos, llamados de forma eufemística como Revolución cultural. Así también ocurrió en América Latina, cuando en la Sierra Maestra (1953-1959) corrían y rampeaban los soldados barbudos encabezados por el renuente Fidel Castro (1926-2016) y el macabro médico Ernesto Che Guevara (1928-1967), quienes con fusiles en mano tomarán el poder (luego de vencer a Fulgencio Batista) y pondrán en práctica su particular juegos del hambre; porque en esto acabó todas las manifestaciones revolucionarias que llevaban como doctrina los principios de justicia de Marx: la miseria, la muerte y el hambre. No se alcanzó la justicia social, sino el cruel y minucioso exterminio de la libertad de pensar y actuar, donde el término Democracia solo fue un risible epígrafe del mal. Y, ¿cómo se pudo llegar a esto? A través de la ingenuidad y la manipulación. “El infierno está lleno de buenas intenciones”, recita el viejo verso en el poema épico de John Milton (1608-1674), El paraíso perdido (1667). En la actualidad, esos modelos iniciales de la conquista y preservación del poder ya terminaron: China es más capitalista que el propio EE.UU., y Rusia, la ex Unión Soviética, se ha convertido en el principal agente de comercio mundial. Sin embargo, repúblicas bananeras continúan alzando banderas marxistas, progresistas y antirevisionistas en América Latina, como es el caso de Nicaragua y Cuba, donde claramente sus líderes políticos se han instaurado como Dictadores y torturadores de la voluntad popular, pervirtiendo su moral a través del chantaje, el soborno y la tortura. Hace poco Venezuela, con la caída de su máximo referente socialista, está virando hacia el horizonte capitalista, junto con varias naciones unificadas (Ecuador, Chile, Argentina, Bolivia) en el moderno y vanguardista Escudo de las Américas, con el secretario de Estado de los Estados Unidos a la cabeza, Marco Rubio, y el presidente norteamericano, Donald Trump. Como es evidente, las ideas marxistas ya no tienen el valor que hace pocos años justificaban todo tipo de barbarie nacional e internacional, pero, entonces,

¿cómo, aún, se percibe su resurgimiento fantasmagórico? Por medio de la renovación morfológica del trabajo central de su tesis: el cambio de operación de variables traducida en la lucha de clases y opuestos, de aquellos contrarios que ya no son propiamente entre ricos y pobres, sino entre géneros, razas y religiones. Allí alzan su voz y aparecerán una multitud de apologistas, quienes con lenguajes casi esotéricos, propugnan la defensa de ideas colectivas, gregarias en favor de la marcación de divisiones verticales versus horizontales, como es el caso de Judith Butler y Slavoj Žižek, Byung-Chul Han, entre otros.

Frente a ello, ¿qué tienen en común Antonio Escohotado, Solzhenitsyn, A. Koestler, Vargas Llosa? Que alguna vez creyeron en las ideas impartidas del comunismo; en otras palabras, aceptaron y reivindicaban, fervientemente, en el principio de sus vidas, los planteamientos doctrinales de Marx y los modos de producción, la revolución social en nombre de la justicia y la dictadura del proletariado: vida o muerte. Pero ello, solo fue en el principio, la realidad de la vida los haría cambiar de senderos: algunos de ellos se irían apartando de sus gremios mediante la crítica a los abusos cometidos por los regímenes socialistas; mientras otros, como Escohotado y Vargas Llosa, se volvieron acérrimos liberales y principistas enemigos de todo aquello que signifique el colectivismo, la agencia de masas y el espíritu dogmático del comunismo. Porque es desde el Liberalismo, corriente filosófica, política, económica y cultural, según afirman estos intelectuales, que la convivencia social se vuelve abierta, democrática e intenta alcanzar en nombre de la verdadera justicia las condiciones más propicias para el bienestar y la plenitud. Antonio Escohotado (1941-2021) a través de su magna obra de carácter filosófico y económico, Los enemigos del comercio (2018), ha logrado comprender para sí y para los mortales comunes, que el camino de la economía y prosperidad no está divorciada de la libertad individual, sino que la sustenta y direcciona; que los hombres no están condenados al fracaso, que ellos mismos pueden y lo han demostrado, conquistar sus límites y corregir sus prácticas. El progreso no se construye con la restricción, sino a partir de la liberación de las facultades. En este sentido, vale recordar al filósofo inglés Thomas Hobbes (1588-1679) cuando en su Leviatán (1651) sostiene que se deben ceder los derechos y libertades a aquella forma o entidad llamada Estado por una cuestión de supervivencia, y no tanto por voluntad; sin embargo, esta situación permitía una especie de libertad controlada pero que no beneficiaba de ninguna manera la idea pura de no control de la conciencia. Hobbes propone esta idea justificando otros principios (negativos y hasta a veces brutales), pero en su forma de entender este contrato social, limita irremediablemente al hombre y su voluntad: el miedo por el valor. Locke en cambio, interpreta este carácter social del contrato entre hombres, Dos ensayos sobre el gobierno civil (1689), como la sobreprotección de lo individual, lo privado y la libertad como algo natural e innato frente al totalitarismo del Estado o Gobierno. El respeto irrestricto a la ley debe ser lo preponderante en la vida social, al entender de Locke, cuando se pretende someter la autonomía de la persona. Los lineamientos del filósofo inglés, construyen la base de todo un paradigma del conocimiento y la ética del individuo de finales del siglo XVII y principios del siglo XVIII. Volviendo a Antonio Escohotado, estos dos intelectuales permiten relacionarlos con lo principal de la teoría liberal que demarca sus formas en la economía y la política. EL hombre no es libre por cuestiones legislativas solamente, sino la libertad debe comprender otros escenarios adicionales para reconocerla integra y sólida, como son la libertad económica y la libertad política. Del mismo modo lo entendió Vargas Llosa (1936-2025) al sustentar su tesis liberal, La llamada de la tribu (2018), recordando figuras egregias dentro del conocimiento, específicamente para combatir los lineamientos marxistas de la colectividad, como Friedrich Hayek (1899-1992), Isaiah Berlin (1909-1997), Ortega y Gasset (1883-1955), A. Smith (1723-1790), Raymond Aron (1905-1983) y F. Revel (1924-2006). Vargas Llosa elabora todo un tratado de los principales aportes intelectuales en nombre del liberalismo para establecer toda una teoría política, una ética de la convivencia humana y el determinismo en contra de aquellas ideas falaces de la falsa justicia social. En este estudio aparecen referencias a descripciones sociales de cada época pero también a los significados pragmáticos que refieren cada uno de ellos y cómo su puesta en práctica en la vida contemporánea encuentra justa razón y practicidad. Los principios del liberalismo son al entender del intelectual peruano los esfuerzos de toda una comunidad de pensadores para evitar la destrucción del individuo y la ralentización de su espíritu, cuando está llamado a conquistar y transformar la realidad de acuerdo a sus necesidades y deseos, en el plano político, económico y cultural.

Como se ha podido evidenciar, el intelectual peruano y el filósofo español, como otros pensadores, perviven en la actualidad por intermedio de sus ideas representadas y el carácter verdaderamente libertarios, sustentados en una tradición que defiende la propiedad privada, el valor de la vida y la conciencia de justicia como algo no absoluto y determinado, sino paulatino y en constante proceso de desarrollo y corrección, porque la libertad no se entiende mediante la tradición intelectual como algo acabado e impuesto por la violencia, sino como un fin que se conquista día a día mediante la democracia y el debate, el respeto a las leyes y el derecho a la vida. Contrario a otro escenario, es el marxismo, que coletea con sus modalidades amorfas a través de la contienda y la perversión de su contingencia, dialéctica o no, mirando un porvenir abstruso y demagógico que solo podría triunfar en la literatura, mas no en la realidad sin causar daños como ya lo ha demostrado la Historia, con mayúscula, como le gustaba anotar y resaltar a Gyorgy Lukács (1885-1971).


Scroll to Top