Y pasamos el año de gobierno de Pedro Castillo. Un año de deterioro, de retroceso. Un año en el que hemos involucionado como sociedad, como país, de la mano del nuevo régimen. Tal como esos memes que circulan en las redes en que se ve la evolución del ser humano hasta el homo sapiens, y luego de éste, ante la inminencia de arribar a Pedro Castillo, el sapiens decide retroceder porque algo salió mal.
Decidimos mal (asumiendo que el proceso eleccionario haya sido válido. Parece que Bruno Pacheco tiene información clave para confirmar lo que hasta ahora no se pudo por la negativa de las cabezas del Sistema Electoral. Habrá que seguir esperando para saber realmente qué pasó). Decidieron la mayoría de peruanos con el hígado más que con el cerebro. Por negación a una candidatura, antes que pensando en qué era realmente lo mejor para el Perú. Y desde que surgió la posibilidad de que Castillo sea presidente, advertimos de los elementos que nos hacían vislumbrar un gobierno nefasto. Inepto, corrupto y comunistoide. La peor conjugación que le podía pasar a nuestro país.
Castillo fue proclamado ante un país polarizado. Aún hoy sigue en gran medida esta polarización. Aunque una gran mayoría – cerca del 80% de peruanos – rechaza a Pedro Castillo y su gobierno, esto no se ve reflejado en las decisiones de la clase política ni en las manifestaciones de la sociedad civil. En las calles de la capital, donde están las sedes principales de los tres Poderes del Estado, si bien las manifestaciones pidiendo la salida de Castillo y su camarilla son más numerosas que las de quienes lo apoyan, no llegan a ser lo suficientemente determinantes para que vea realmente amenazada su permanencia en el Poder. Y las manifestaciones de quienes demuestran su apoyo al régimen, terminan logrando el objetivo de contraponerse a las de oposición, en muchos casos dando la impresión de que, por cada peruano en contra, existe uno a favor.
Si a ello le sumamos el blindaje que le dan las bancadas de izquierda y sus derivados (Perú Libre y los que se escindieron de él, Juntos por el Perú, y otros congresistas agrupados o no, de tendencia izquierdista); tenemos que Pedro Castillo, pasa sus primeros doce meses de gobierno, sin que haya una posibilidad seria de que sea defenestrado del cargo. En este sentido, comienza su segundo año de gobierno sin el temor de que lo puedan vacar, ni a iniciativa del Congreso, ni a iniciativa de la calle.
Si Pedro Castillo tiene algún temor el día de hoy, debe ser a partir de las investigaciones que se vienen desarrollando en la Fiscalía por casos de corrupción en los que estaría involucrado como líder de una organización criminal. Aunque cueste creer que una persona de su intelecto pueda ser líder de algo, los numerosos indicios probatorios que vienen aportando sus otrora amigos, hoy sometidos a procesos de colaboración eficaz; confirmarían su posición a la cabeza de la comisión de una serie de ilícitos, que en otras sociedades que valoran más su dignidad, sus instituciones y los valores que su ley protege, hace rato hubieran ocasionado su salida.
Pero estamos en el Perú. Aquí parece que nada nos inmuta. Nada realmente nos conmueve ni nos mueve. A diario se suceden las denuncias, las declaraciones, las informaciones, los hechos, documentos de que este gobierno nos perjudica, pero no pasa nada.
Triste papel el de nuestra izquierda, que, esperemos nuestros intelectuales se aseguren de que su actuación quede registrada y que le recuerden al pueblo peruano, cómo así se convirtieron en cómplices de una banda de ineptos y delincuentes. Ciertamente, el primer “gobierno democrático” de izquierda, al cabo de sólo un año en el poder, resulta ser uno de los peores, sino el peor de nuestra historia republicana. Caracterizado por la ineficiencia, la corrupción y la ineptitud.
Pero la pesadilla continúa, el mal que ya tiene un año, puede durar cinco, si es que no reaccionamos. Volviendo a los temores de Pedro Castillo, acaso el único, como veníamos mencionando, está relacionado a las investigaciones fiscales. Pero no porque éstas, al menos mientras se encuentre en funciones, puedan llevarlo a la cárcel y por ende hacer que pierda el poder. Es claro que, de acuerdo a ley, esto no es posible. Sino porque de estas investigaciones pueda salir alguna información impactante y relevante, o que en algún momento los peruanos reaccionemos ante tanta cantidad de ilícitos más que probables que se siguen acumulando; y derive su defenestración.
Por eso es esencial para Castillo dilatar las investigaciones. Desprestigiar a los investigadores. Esto es posible ante un Sistema Judicial que per se es lento, más si se trata de investigaciones complejas como las que lo involucran. La estrategia de su defensa es válida en este sentido desde el punto de vista jurídico, y si bien desde el punto de vista político no parece serlo, dado que exhibe al presidente como un obstructor de las investigaciones acaso porque tiene realmente algo que ocultar; a la postre puede también resultar siendo una estrategia acorde, dado que debe estar contando con la pasividad ya expuesta y demostrada, tanto de la clase política como de la sociedad civil.
Será que acaso sólo los colectivos de izquierda son capaces de volcar masas a las calles. Será porque esta izquierda que justifica y avala al régimen, no se decide a convocar o salir a manifestar, que los otros conformantes de la sociedad civil tampoco lo hacen o lo pueden hacer.
Es claro que en nuestra coyuntura no existe una figura de oposición (como en su momento lo fue Toledo en las postrimerías del régimen de Fujimori) que tenga una legitimidad capaz de aglutinar a ésta y a todos aquellos que estén convencidos que este régimen debe terminar. Ante ello es imprescindible que los peruanos dejemos de lado rencores y rencillas y seamos capaces de unirnos en torno a un interés común. Lograr liberar al país de este lumpen que cada día nos aniquila.
Hoy esto no sucede y no parece que vaya a suceder. Y esto envalentona a este gobierno. Vuelve impunes sus acciones. Así, tenemos un presidente (también a su premier y sus ministros) que miente ya sin tapujos, que pecha, que se enfrenta al Congreso y que le falta el respeto a todos los peruanos.
A pesar que sólo ha transcurrido un año, este gobierno es inviable. No tiene la capacidad de liderar, de tender puentes. No se ve un liderazgo ni políticas que sean su bandera. Todo está peor desde el punto de vista de la administración y la gestión. Y encima es un gobierno que ha perdido legitimidad. A quien la mayoría no le cree. Con quien los peruanos más valiosos y capaces no quieren trabajar. Un gobierno al que se le identifica con la corrupción, la ineptitud y la ineficiencia. Ante todo esto nos preguntamos, por qué el señor Castillo sigue empecinado en continuar. Es necedad, o es la necesidad de obstruir y destruir las pruebas y los procesos, que lo pueden llevar a la cárcel una vez dejado el cargo.
Particularmente pensamos que es lo segundo. Con lo que además hay que sumarle que en estas circunstancias, ni siquiera puede destinar el tiempo adecuado para atender plenamente sus funciones de gobierno.
Lo mejor que le puede pasar al país en este momento, es que la mayoría de peruanos sufra un ataque de dignidad, recobre su capacidad de indignarse y su amor a la patria; y actúe en consecuencia. Urge que se tomen acciones, antes que sea demasiado tarde y este lumpen logre enquistarse en el poder, con alguna medida totalitaria, que luego lamentaremos no haber anticipado.



