Fue presentada la moción de vacancia en el Congreso de la República, firmada por 28 congresistas. Desde el anuncio de la existencia del documento a presentar, por parte de la parlamentaria Patricia Chirinos, hasta la fecha de su presentación, transcurrieron varios días que nos permiten especular respecto de si esto fue en tanto se estaban consiguiendo los votos para su admisión. Como es sabido, se necesitan 52 votos para ello, y circulan rumores, por un lado de que ya se tienen los mismos, y por el otro, que hasta estas horas no se consiguen.
Al respecto, las voces que condenan este intento señalan que sería inconstitucional y que está generando una nueva crisis política con el correspondiente impacto en la economía nacional. Que no es inmoral que un presidente no sepa gobernar y más bien hay que utilizar los mecanismos democráticos que se tienen para “hacer que gobierne bien”.
Discrepo totalmente con estos pareceres. Como he señalado en más de una oportunidad, considero que la figura de la vacancia presidencial en tanto se encuentra contenida en nuestra Constitución Política vigente, constituye un recurso jurídico y democrático en el marco de nuestro Estado de Derecho. Asimismo, el supuesto de incapacidad moral, en tanto se encuentra diferenciado en el propio texto del de incapacidad física, abre una posibilidad que es cierto, en principio es subjetiva, pero que al no haber sido analizada en cuanto al fondo por los máximos órganos jurisdiccionales de interpretación, es actualmente una construcción que se viene perfilando en base a la casuística ocurrida en nuestro Ordenamiento, considerando a su vez que la vacancia en sede legislativa, corresponde a un análisis y a un juicio de carácter político, que no se puede asimilar al de un proceso legal que se sigue ante una Corte.
Respecto a que la moción de vacancia genera una nueva crisis política, yo preguntaría: ¿en serio podemos hablar de una NUEVA crisis política? ¿Cuándo acabó la que vivíamos hasta el día en que se presentó la referida moción? Diría más bien que desde que Pedro Castillo apareció en el escenario político con posibilidad cierta de ser presidente, la incertidumbre, la inestabilidad, la desconfianza y el malestar de un gran porcentaje de peruanos ante la posibilidad de que una persona sin preparación, nulas ideas, ignorante de la Historia, la realidad económica y social del Perú, de dudosas juntas, dado sus antecedentes negativos respecto de su papel en la huelga magisterial del 2017 - que casi les cuesta el año escolar a millones de nuestros hijos -, y su cercanía con el MOVADEF (Sendero Luminoso) y otros grupos extremistas de izquierda, pudiera ser presidente.
Así, con su cuestionada elección (no olvidemos las denuncias de fraude que hasta la fecha siguen con investigaciones en curso) y posterior proclamación, junto a lo señalado en el párrafo anterior, completaron los ingredientes para un caldo nocivo que es el que actualmente padecemos. Entonces, la inevitable crisis política apareció adherida a la persona de Pedro Castillo y el grupo que lo acompaña en el Ejecutivo desde incluso antes de asumir el gobierno. Por lo tanto, no es de ahora ni se ha generado con la moción. El presidente proclamado, lejos de reducir el ruido político a través de mensajes coherentes y con contenido real hacia la población (sólo manda twitters inocuos y mensajes de plaza populistas), elegir funcionarios idóneos, ejecutar políticas y decisiones que mejoren la calidad de vida de los peruanos y por sobretodas las cosas, transmitir un mensaje de unión y tranquilidad recurriendo a los puntos que nos unen y a las prioridades que se necesitan solucionar; se ha dedicado exactamente a lo contrario. Los escándalos son practicamente diarios, se suceden uno a uno, uno más grave que el otro, y no corresponden precisamente a la acción de la oposición.
El presidente no demuestra propósito de enmienda. Tal como se aprecia de cada discurso que da, él sigue en modo candidato, en modo sindicalista, y no parece caer en la cuenta de que es el presidente de la república. Repite lo mismo donde va, pretendiendo victimizarse a partir de su procedencia y la realidad que le tocó vivir. Y en este camino sigue proyectándonos división, y expresando el complejo de inferioridad y resentimiento que profesa contra otros peruanos, así como sus propuestas comunistas: nacionalización, cierre de minas, avalar acciones delincuenciales de destrucción de la propiedad privada, de perturbación de la actividad productiva, colocar autoridades vinculadas a grupos terroristas y sindicalismos radicales, sin importarle afectar la seguridad, la economía de las personas, así como la institucionalidad del país; han sido constantes hasta ahora.
Sin embargo, el presidente se encuentra tan abstraido de la realidad, que piensa que cuenta con el respaldo de la mayoría de peruanos. Y ello no es así. Hoy el porcentaje de peruanos que no le cree supera largamente el 70%. Y va en aumento. Le gusta repetir a cada instante “el pueblo” por aquí, “el pueblo” por allá; le gusta manifestar que está donde está “porque el pueblo lo quizo así”. Debemos precisarle que esto no fue ni es así. Recordemos: tomando en cuenta los porcentajes oficiales publicados por el JNE, cerca del 32% de peruanos aptos para votar, no lo hizo en la segunda vuelta electoral (considerando inasistencias, nulos y blancos). Lo que deja un 68%, de los cuales, asumiendo la validez del proceso (que como ya señalamos, se encuentra cuestionado), el 50% habría votado por Pedro Castillo (recordemos que, de acuerdo a los resultados oficiales de la ONPE de Corvetto, la diferencia entre los candidatos fue de alrededor de 40 mil votos). Es decir, en el mejor de los casos alrededor del 34% de la población electoral del Perú, es la que habría votado por Pedro Castillo. O sea, el 34% del “pueblo” en edad de elegir. Ergo, no se puede arrogar el apoyo de todo el pueblo. Menos si consideramos que dentro de ese 34%, en su gran mayoría no votaron por su propuesta sino votaron contra Keiko Fujimori.
A esto, hay que sumarle el creciente número de peruanos descontentos luego de 120 días en el poder. Por ello, el señor Castillo cuando dice que el pueblo lo apoya, está bastante lejos de la realidad.
¿Esto basta para vacarlo? Pues no. Se necesitan 87 votos y ese es otro cantar. Mientras escribimos estas líneas parece concretarse un acercamiento entre el presidente y APP de César Acuña que aseguraría la no factibilidad de la vacancia, así parte de PL vote a favor de ella. Sin embargo, sí parece probable llegar a los 52 votos que generarán que haya debate en el pleno y que el presidente con su defensa, o sólo su defensa, tengan que acudir al Parlamento. Esta puede ser una buena oportunidad para interpelar las acciones del mandatario, que hasta la fecha ni siquiera ha otorgado una entrevista a la prensa y se caracteriza por su silencio y lentitud en la toma de decisiones trascendentes o que se caen de maduras.
Con todo esto, es muy probable que la agonía del gobierno, y del país continúe. Hemos expresado nuestra opinión de que este gobierno no da más, pero también la necesidad de que todo se resuelve bajo los cánones democráticos. No parece bajo este esquema, que podamos tener un cambio de presidente a corto plazo. Ahora, la esperanza es lo último que se pierde y el escenario político puede cambiar. Esperemos atentos por cuál será el desenlace.



