Mag. Kent W. Oré de la Cruz
Docente Universitario
Mario Vargas Llosa, el Premio Nobel de Literatura (2010), ya no está con nosotros. Pero, ¿qué significado puede tener esta afirmación en relación al contexto geopolítico y cultural de nuestra era? Pienso que, tal vez, con su deceso se origina o, al menos, pone de manifiesto, la crisis medular de las aflicciones morales y éticas de los individuos sociales que hacen andar a la máquina de la civilización y el progreso en toda Europa y América Latina. Un mundo o varios mundos, según se interprete, donde lo importante y lo trascendental ha pasado al plano del olvido para sugerir por medio de estertores sintomáticos lo efímero como filosofía de la dialéctica y el estoicismo, creyendo con ello conquistar la felicidad; sin embargo, lo que logra vislumbrarse en toda extensión como punto de llegada es la miseria de lo corruptible, lo ambiguo de la semántica del existir y la debilidad del espíritu humano para conquistar lo que nunca ha saboreado helénicamente: la armonía de la conciencia.
Mario Vargas Llosa fue un idealista, sin dejar nunca de ser, como el mismo gran novelista francés Víctor Hugo y el ensayista y poeta peruano don Manuel González Prada, un realista romántico. Este componente teórico y reflexivo aunque aparente cierta frivolidad por su complejidad lingüística, es una suerte de comprensión del significado real que guarda la esencialidad del ser humano, porque ninguna personalidad artística logra desenvolverse similarmente a otro individuo, sino que busca como en un laberinto Borgeano de Asterión, la salida y el sendero que lo conduzca a ver la luz de su identidad, su yo real y sin máscaras calderonianas.
La perspectiva realista vargasllosiana proviene de aquel tiempo duro y frígido que tuvo que presenciar desde su infancia y juventud a través de la sociedad antagónica de la primera mitad del siglo XX: la realidad de las conflagraciones y la caída de los valores de Occidente. Y fue ese mundo extraño el que le enseñó a mirar con desconfianza todo aquello que se presentaba ante sus ojos como verdadero y legible, no siendo más que apariencia y superchería. La vida de aquellos años fue la tormentosa sensación de lo paranoico y que llevó, según la filósofa Hannah Arendt, a replantearse gnoseológicamente qué significaba realmente era el hombre. Fue de ese río de incertidumbre que el joven escritor absorbió y configuró su pensamiento y luego elaboró sus propios paradigmas que resultaban de una convergencia hierática y heterodoxa. La existencia debía contarse y describirse, es entonces que renace el sociólogo del XIX, pero de carácter analítico y libertino al mismo romance de Ch. Baudelaire. La sociedad había cambiado de normas y de códigos, por ello la perspectiva especialista del escritor debía ser un imperativo para lograr desentrañar aquello que venía ocurriendo en su interior y evidenciaba en sus expresiones cotidianas del festejar, el caminar y el luchar. En este sentido, todo esto condujo a que Mario escribiera sus grandes novelas de contenido social en donde los individuos nacían para morir, para sufrir y para arrepentirse como lo comprueban los personajes Alberto, Zavala y Lituma.
Por otro lado, surge la mirada idealista, soñadora e impoluta del escritor, quien con unas cuantas batallas perdidas, cree aún alcanzar la dicha y la felicidad, y, por qué no, la conquista de la utopía moroniana o platónica, aunque los dos tipos tengan más conjunciones que disyunciones. La tía Julia y el escribidor (1977) nos relata esa ingenuidad vivaz de unos personajes que tratan de alcanzar la alegría nupcial venciendo a los más notables rivales: los prejuicios; mientras, Travesuras de la niña mala (2006), encierra al lector en un tranvía llamado melodrama, pero de aquellos donde las traiciones se ven recompuestas por las reconciliaciones con lágrimas heráldicas de color medieval y cortesano. En esa misma línea de lo literario, Mario adquiere el sentimiento de lo ideal a través de la política, de la praxis y la tragedia que trasluce las injusticias sociales. El escritor imagina un mundo más correcto y equilibrado que permita al hombre moderno crear su propio camino, autónomo e independiente frente a toda coacción, y de acuerdo a la doctrina de Machado o aquello que recitaba el propio Buda por intermedio de sus prácticas. Llega los fines de la década de los ochenta, y el autor de El pez en el agua (1993) se proyectará a conquistar la utopía utilizando los recursos verbales de la persuasión y la inteligencia. Es un idealista político y tratará de construir la realidad de acuerdo a sus principios más nobles y personales.
Una explicación meridiana permite observar y comprender estas características complejas y complementarias en la personalidad confrontadora del escritor tanto en su voluntad como en su pensamiento; sin embargo, esta conceptualización, a veces antropológica y poética, es la verídica radiografía del escritor, quien ha sabido por medio de su acción, directa e indirecta, reunir en un mismo significado la plurivalencia de la conducta que oscila entre el pensar libremente y ser consciente de los hechos en el mundo objetivo, mientras concomitantemente se tiene una esperanza y se recrea un nuevo espacio de oportunidades y creencias positivas. Como Víctor Hugo y Jean Valjean, Vargas Llosa y Alberto estarán siempre en la memoria de todos sus lectores, para recordarles que a pesar de las negras cloacas que circundan los muros del enclaustramiento y la soledad, siempre existirá la posibilidad de encontrar la redención en las creaciones propias de la insatisfacción y la pasión.
El narrador peruano y pensador liberal, que creía como un sacerdote en el fuego de la palabra, ha partido para siempre, y coloca al hombre en una situación límite como lo habían hecho con sus ausencias, sus antiguos pares (Jean-Paul Sartre, Winston Churchill, Nelson Mandela) el siglo anterior: ¿qué sucederá ahora? ¿Quién trazará el camino que debemos recorrer los hombres ante tanta turbulencia ideológica y política contemporánea? El camino es obscuro y el dolor inmarcesible. No obstante, si se desea resistir ante el silencio del vacío, ahí están abiertas las miles de páginas que escribió Vargas Llosa para acompañar al sujeto humano y cobijarlo a través del duro trayecto de la existencia que conduce a El paraíso en la otra esquina (2003).