Miscelánea

Entrevista al reconocido escritor y periodista cultural de repercusión internacional, Antonio Muñoz Monge

Antonio Muñoz Monge (Huancavelica, Perú, 1942) es un destacado escritor, cuentista, periodista y columnista, considerado una de las voces literarias más importantes de Huancavelica. Estudió Letras en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y ha desarrollado una obra comprometida con la identidad andina y la realidad del Perú profundo. Es autor de la novela Peregrina, sobre la vida de Flor Pucarina, y de diversos cuentos y poemarios con una mirada humanista. A través de sus columnas El Buscón y El Fugitivo en El Comercio, retrató la vida del trabajador limeño y las tradiciones provincianas. Su obra exalta la cultura ancestral, la reciprocidad andina y da voz a los marginados por una sociedad centralista.

Entrevista realizada por David Auris Villegas[1]

DAV. Maestro Antonio, como periodista y escritor, ¿cuál fue el eje temático constante en sus columnas publicadas en el prestigioso diario El Comercio?

AMM. Durante los fines de semana publicaba dos columnas que marcaron profundamente mi labor periodística: El Buscón y El Fugitivo. El Buscón se centraba en descubrir lugares y personajes dentro de Lima. Ahí resaltaba a figuras entrañables del pueblo, como fotógrafos ambulantes, raspadilleros, zapateros callejeros, vendedores de pan o de helados. En cambio, El Fugitivo me permitía salir de la capital, aunque muchas veces no físicamente, para retratar destinos provincianos a través de sus fiestas patronales, tradiciones y personajes.

Muchas de estas festividades provincianas eran conocidas gracias a las asociaciones que los migrantes formaban en Lima. Ellos celebraban sus fiestas en distintos puntos de la ciudad, especialmente en la Carretera Central o en zonas del norte. Un personaje fundamental para mi trabajo fue “El Pollo Díaz”, quien, gracias a su experiencia como maestro de ceremonias, había elaborado una suerte de mapa que ubicaba a cada comunidad según su procedencia: ayacuchanos en tal sitio, cusqueños en otro, y así sucesivamente. Esa cartografía popular me facilitó enormemente la labor como columnista.

Fue así como conocí historias que todavía me acompañan. Como la del zapatero que por más de 30 años trabajó entre las calles Shell y Cantuarias, reparando calzado al aire libre, como quien vende una golosina. O la de “Piri”, el famoso vecino de Surquillo, tuerto como un pirata, que cada fin de año construía muñecos gigantes con apoyo del vecindario, organizaba desfiles con decenas de niños, y controlaba el ingreso a su callejón con una frase: si al tocar la puerta te decía “positivo”, podías entrar; si decía “negativo”, no ingresabas. Era parte de su mundo, de su leyenda. También documenté prácticas curiosas, como la venta del langoy, esas sobras de comida de las chifas que se compraban con picardía “para los perritos”, aunque en realidad eran para nosotros mismos.

Todas estas experiencias me permitieron conocer de cerca la vida barrial limeña, sus costumbres, su cultura popular, sus códigos no escritos. Comprendí mejor cómo funciona esa Lima profunda, esa que no siempre aparece en los medios, pero que late con fuerza en sus mercados, en sus callejones, en sus fiestas. Incluso descubrí cómo muchos jóvenes de distritos acomodados, como Miraflores o San Isidro, cruzaban a barrios como Surquillo para vivir una noche distinta, una búsqueda de algo que quizás ni ellos sabían nombrar, pero que en el fondo era el contacto con otra forma de ser limeño. Todo esto, sin duda, me ayudó a entender y narrar un Perú urbano, popular y profundamente humano.

DAV. Su novela Peregrina narra la vida de Flor Pucarina. ¿Cómo fue el impacto de esta artista en la vida real?

AMM. Nuevamente, estamos ante el descubrimiento de ese otro Perú. Siempre estamos reencontrándonos con ese Perú profundo: el Perú de los Andes, de los cholos, de los indios, del pueblo marginado. Y Flor Pucarina representa, con fuerza, esa identidad silenciada por mucho tiempo. El impacto que tuvo en vida y después de su muerte fue inmenso. Su entierro, aquí en Lima, fue algo que nunca olvidaré: más de diez cuadras de personas acompañándola. Recuerdo que muchos me decían con asombro: “ni un presidente de la república ha reunido tanta gente”. Fui a despedirla junto a Manuel Acosta Ojeda, Luis Abelardo Núñez, Maynor Freire y Eduardo Vega Posada. Todos quedamos profundamente conmovidos por la magnitud de lo que Flor representaba.

La conocí personalmente, y puedo decir que me impactó profundamente. A sus conciertos asistían miles de personas, gente sencilla, trabajadora, que encontraba en su música una voz propia. Ella hablaba directamente al corazón del Perú marginado. Era mucho más que una cantante: era una mensajera de esperanza. Con su voz nos hacía olvidar, aunque fuera por un momento, los sufrimientos del presente y nos hacía soñar con un mañana mejor. Verla, escucharla, incluso tocarla, era una experiencia que nos transportaba a la felicidad. Flor Pucarina es un verdadero referente emocional y cultural.  Su legado vive no solo en sus canciones, sino también en la memoria de quienes la amaron. Hoy, su casa en Pucará, distrito de la provincia de Huancayo, ha sido convertida en museo. Ese espacio no solo conserva sus objetos, sino también el amor inmenso que el pueblo le sigue profesando.

DAV. ¿Quisiera que nos contara el mensaje que encierran sus poemas escritos en su poemario Banderola de Lata?

AMM. Mis poemas nacen del compromiso con ese otro Perú profundo, marcado por la memoria, la identidad y la reciprocidad. Hace pocas semanas fui elegido representante del Departamento de Huancavelica en el Club Departamental, en un acto que reunió a delegaciones de todo el país. Fue un momento de gran responsabilidad y profunda emotividad, porque sentí muy presente la memoria de mis abuelos huancavelicanos, y recordé cómo nuestra familia se fue desplazando a distintas zonas como Tayacaja, por motivos laborales vinculados a los fundos.

En medio de esas vivencias rescato prácticas que hoy han desaparecido o están en peligro de olvido, como el jatichi, una hermosa costumbre huancavelicana que consistía en pedir con humildad un poco de comida —unas papas o unos choclos de una pachamanca— cuando uno no tenía los medios para organizar la propia. El jatichi no era carencia, era un acto de confianza, de comunidad. Es, en esencia, un gesto solidario hacia quien lo necesita. Este acto está profundamente vinculado al ayni, la reciprocidad andina, esa forma de vida basada en el compartir, en el entendimiento mutuo y en la construcción del buen vivir.

Estas instituciones culturales no solo reflejan inteligencia colectiva, sino también una poderosa forma de resistencia frente a la cultura de la dependencia. Como decía Augusto Salazar Bondy, no solo nos han despojado de lo material, sino que nos han impuesto complejos históricos: “cholo”, “serrano”, “indio”. Por eso mis poemas buscan devolverle dignidad a lo nuestro y reafirmar un compromiso con nuestras raíces. En Banderola de Lata, además, se aborda lo real maravilloso del mundo andino. Allí, los espantapájaros, los ríos, los árboles, las piedras y las aves no son solo elementos del paisaje: son seres activos, con vida y con voz. Incluso el tiempo, en ese universo, adquiere movimiento propio y se manifiesta de forma cíclica. La poesía, entonces, se convierte en un puente entre la tradición y la esperanza, entre la memoria ancestral y la visión de un país más justo, más conectado con su identidad y con su esencia más profunda.

DAV. Maestro Antonio, ¿cuáles son sus palabras de inspiración para escribir literatura dirigida a niños y niñas?

AMM. Las fiestas patronales siempre han sido para mí una fuente de inspiración, porque me permiten conocer en profundidad el alma de los pueblos. Un ejemplo claro es la devoción al Señor de Muruguay, que cobra especial fuerza en Tarma, donde la celebración incluye danzas tradicionales como la muliza.

La muliza tiene un origen muy particular. Se remonta a la época en que llegaron mulas desde Argentina a las zonas mineras del Perú, porque nuestras llamas no podían cargar grandes pesos. Entonces, los arrieros que acompañaban a estas mulas comenzaron a crear un ritmo propio en su andar. Según contaba Manuel Acosta Ojeda, la muliza no galopa, sino que camina en pasos acompasados. Y en ese ir y venir de hombres y mulas, nació el compás de esta danza. Este tipo de relatos, cargados de historia, cultura y tradición, son ideales para emocionar e inspirar a niñas y niños.

Por ejemplo, el cuento sobre Tarma y su devoción al Señor de Muruguay no solo habla de fe, sino también de la creación de alfombras florales como homenaje al santo, un gesto que además simboliza el respeto y el cuidado del medio ambiente. Todo esto despierta desde la infancia sensibilidad, conciencia y un profundo amor por lo nuestro.

DAV. ¿Qué papel ocupa el departamento de Huancavelica en su literatura?

AMM. Quisiera responder con algo que a primera vista puede parecer escondido, pero que en realidad es profundamente revelador. El padre del Teatro Nacional, Manuel Asensio Segura, no era limeño, sino huancavelicano. Otro gran referente es Daniel Hernández, también huancavelicano, natural de Tayacaja, quien estudió en Europa y al regresar fundó la Escuela Nacional de Bellas Artes. Incluso en el libro Paisajes peruanos se toman varias localidades de Huancavelica como referencias literarias por su riqueza simbólica y cultural.

El cerro patrón de la ciudad de Huancavelica es el Potocchi, y guarda una conexión simbólica y espiritual con Potosí, en Bolivia. En mis investigaciones descubrí que Huancavelica fue el primer productor de mercurio en América, un mineral fundamental para la extracción de la plata en Potosí. Pero el vínculo no era solo económico: se trataba también de un acuerdo espiritual. Los apus, las montañas sagradas de ambos territorios, debían estar en armonía. Por eso, los nombres —Potocchi y Potosí— están ligados, como un puente entre dos mundos andinos que se reconocen y se respetan.

 De modo que Huancavelica, con toda su identidad, su historia, sus costumbres y, sobre todo, el alma profunda de mi provincia de Tayacaja, está presente de forma constante y viva en casi toda mi literatura.

DAV. Para terminar, estimado maestro Antonio, ¿cuál es el rol del maestro de escuela en la difusión de la literatura?

AMM. En primer lugar, creo que debe existir un compromiso profundo con uno mismo y con la labor docente. Ser maestro implica asumir la responsabilidad de apostar por los estudiantes, transmitiéndoles no solo conocimientos, sino también cultura, identidad y valores a través de herramientas tan poderosas como la literatura. Vivimos en un país inmensamente rico y hermoso, y no podemos darnos el lujo de ignorarlo. Conocerlo, valorarlo y hacerlo parte esencial de la formación educativa es un acto de justicia y de esperanza.

Te respondo con un ejemplo que me parece profundamente revelador. Es una anécdota de Antenor Zamaniego, maestro del valle del Mantaro. Un día, pidió a sus alumnos que llevaran un ejemplo escrito sobre qué es la voluntad. Uno de ellos escribió sobre el vuelo de un picaflor. Ese texto conmovió profundamente a Zamaniego, porque el alumno había comprendido que la voluntad podía verse reflejada en cómo un picaflor realiza hasta 37 vuelos diarios para alimentar a sus crías. Flota en el aire con una fuerza que, en proporción, es incluso superior a la de un helicóptero. Y todo eso lo hace por amor.

Ese ejemplo resume, para mí, el verdadero rol del maestro: enseñar con sensibilidad, despertar conciencia, inspirar valores y formar ciudadanos con voluntad, con amor por su identidad y con compromiso por su país.

[1] Esta entrevista original se encuentra alojada en la revista AURIS. https://edicionesauriseduca.com/web/revista-auris-ano-02-n10-marzo-2025/



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